
Separarse como pareja no siempre significa separarse emocionalmente del conflicto. En muchas familias, después de un divorcio o una ruptura, la relación entre los progenitores queda marcada por la tensión, el silencio, las discusiones constantes o la incapacidad para comunicarse. Y aunque los niños puedan adaptarse a vivir en dos casas, lo que suele resultar más difícil de gestionar no es la separación en sí, sino el clima emocional que se mantiene después.
Muchos padres llegan a consulta con una preocupación muy concreta: “Mi hijo está en medio de todo esto y no sé cómo protegerlo”. Otras veces aparece otra duda igual de importante: “¿Estoy haciendo algo que le perjudica sin darme cuenta?” Desde nuestra experiencia como terapeutas infantojuveniles, estas preguntas aparecen con mucha más frecuencia de la que imaginamos, especialmente cuando el conflicto entre adultos se mantiene durante meses o incluso años después de la separación.
La realidad es que los niños no necesitan padres perfectos ni relaciones ideales. Lo que más les ayuda es sentir que, aunque la pareja haya terminado, siguen teniendo permiso para querer a ambos progenitores sin sentirse culpables, divididos o atrapados en medio del conflicto.
El problema no es solo la separación, sino el lugar en el que queda el niño
Cuando entre los adultos hay hostilidad, reproches constantes o ausencia total de comunicación, los hijos pueden terminar ocupando un lugar que no les corresponde. A veces se convierten en mensajeros (“dile a tu padre que…”), otras veces sienten que deben posicionarse o proteger emocionalmente a uno de los dos.
En consulta, muchas veces vemos niños que intentan actuar como pequeños mediadores sin que nadie se lo haya pedido directamente. Algunos intentan “portarse mejor” para compensar la tensión que perciben, otros aprenden a no hablar de lo que hacen con uno de los progenitores para evitar reacciones incómodas en el otro.
Esto puede ocurrir de manera muy evidente… o de formas mucho más sutiles. Por ejemplo:
- Comentarios irónicos sobre el otro progenitor delante del niño.
- Gestos de desprecio o silencio cuando el hijo habla del otro padre o madre.
- Preguntas insistentes sobre qué hace el otro en su casa.
- Hacer sentir al niño que disfrutar con el otro progenitor es una traición (aunque no se le diga claramente).
- Utilizar al hijo para obtener información.
- Mostrar tristeza, enfado o decepción (verbal o no verbalmente) cuando el niño expresa cariño hacia el otro.
En muchas ocasiones no existe mala intención consciente. El dolor, el resentimiento o la sensación de injusticia pueden hacer que algunos comportamientos aparezcan sin que el adulto sea plenamente consciente de su impacto. De hecho, una frase que escuchamos a menudo en terapia es: “Yo nunca le he hablado mal de su padre/madre”. Y muchas veces es cierto… pero también trabajamos cómo, además de las palabras, los niños interpretan silencios, gestos, tonos de voz o reacciones emocionales.

¿Qué es la alienación parental y por qué genera tanta controversia?
El término “alienación parental” genera debate en el ámbito psicológico y jurídico. No existe consenso absoluto sobre considerarlo un síndrome clínico como tal, y por eso muchos profesionales prefieren hablar de conductas de interferencia parental o dinámicas de alienación.
Más allá del nombre, sí existe una realidad que observamos en consulta: situaciones en las que un menor acaba rechazando intensamente a uno de sus progenitores influido, de forma directa o indirecta, por la actitud del otro adulto.
No siempre ocurre de manera consciente ni planificada. A veces son pequeños mensajes repetidos en el tiempo los que van construyendo una imagen negativa:
- “Tu padre nunca se preocupa por ti”.
- “Tu madre nos abandonó”.
- “Ya sabes cómo es él…”
- “Con todo lo que yo hago por ti…”
En consulta también encontramos situaciones más sutiles, como padres o madres que no hacen comentarios negativos directos, pero sí transmiten constantemente sufrimiento delante del niño. El menor puede acabar sintiendo que necesita proteger emocionalmente a ese adulto, y poco a poco puede empezar a distanciarse del otro progenitor para no hacer daño.
El problema aparece cuando el niño deja de sentirse libre para construir su propio vínculo y empieza a vivir emocionalmente condicionado.
Cómo reconocer si, sin querer, estamos favoreciendo esta dinámica
Esta es probablemente una de las partes más difíciles. Nadie quiere pensar que puede estar dañando a sus hijos. Sin embargo, revisar nuestras propias conductas es una forma importante de protegerlos.
Muchas veces en consulta los padres preguntan: “Pero entonces, ¿no puedo contar cómo me siento?” Y la respuesta suele depender del lugar que ocupa el niño en esa conversación. Los hijos pueden saber que sus padres están tristes o enfadados; lo importante es que no se conviertan en confidentes emocionales de problemas que pertenecen al mundo adulto.
Algunas señales de alerta pueden ser:
En niños pequeños (3-6 años)
- Repetir frases adultas que no comprenden del todo.
- Mostrar rechazo intenso hacia un progenitor sin una explicación clara.
- Cambios bruscos de actitud tras escuchar conversaciones familiares.
En edad escolar (7-11 años)
- Sentir que deben elegir “quién tiene razón”.
- Rechazar actividades con uno de los progenitores para no hacer daño al otro.
- Adoptar discursos muy rígidos o poco propios de su edad.
En adolescentes
- Posicionarse de manera muy radical.
- Convertirse en “aliados emocionales” de uno de los padres.
- Asumir conflictos de adultos como si fueran propios.
- Mostrar desprecio o bloqueo total hacia uno de los progenitores.
Como adultos, conviene preguntarnos:
- ¿Puedo hablar del otro progenitor con respeto delante de mi hijo?
- ¿Mi hijo se siente libre para disfrutar con ambos?
- ¿Le hago preguntas que le colocan en medio?
- ¿Comparto con él emociones o problemas que debería gestionar con otros adultos?
- ¿Estoy buscando apoyo emocional en mi hijo?
Estas preguntas no buscan culpabilizar, sino ayudar a tomar conciencia. En terapia solemos insistir mucho en esto: sentirse herido por la ruptura es completamente humano, sin embargo, convertir al hijo en refugio emocional, aunque sea sin querer, puede terminar colocándole en un lugar muy difícil.
¿Y cómo detectar si esta situación nos está ocurriendo a nosotros?
A veces el otro progenitor puede estar favoreciendo una dinámica de rechazo o distanciamiento. Algunas señales frecuentes son:
- El niño utiliza expresiones impropias para su edad sobre ti.
- Parece incómodo cuando habla contigo delante del otro progenitor.
- Rechaza el contacto sin poder explicar claramente por qué.
- Existe un cambio brusco en el vínculo tras periodos de convivencia con el otro adulto.
- El menor parece sentir miedo a decepcionar al otro progenitor si muestra afecto hacia ti.
Cuando esto ocurre, muchas personas llegan a consulta desesperadas y con la sensación de que están “perdiendo” a su hijo. Es una situación emocionalmente muy dolorosa. Sin embargo, uno de los errores más habituales es responder entrando en una lucha abierta con el otro progenitor o intentando “convencer” al niño de quién tiene razón. Aunque sea comprensible emocionalmente, eso suele aumentar todavía más la sensación de conflicto.
Qué puede ayudar realmente a los hijos en estas situaciones
1. Separar el conflicto de la función parental
La relación de pareja puede haber terminado, pero la función como padres continúa. Los niños necesitan sentir que ambos adultos pueden ocuparse de ellos sin convertirlos en el centro del conflicto.
2. No convertir al hijo en mensajero
Aunque parezca práctico, transmitir información a través de los niños les coloca en una posición incómoda y emocionalmente pesada.
En consulta, muchos niños explican que los momentos de intercambio entre casas son los que más tensión les generan, especialmente cuando sienten que deben vigilar qué dicen, cómo lo dicen o qué información pueden compartir.
3. Validar sus emociones sin dirigirlas
Frases como:
- “Entiendo que esto pueda ser difícil para ti”.
- “No tienes que elegir entre mamá y papá”.
- “Puedes querer a los dos”.
suelen ser mucho más útiles que intentar convencer al niño de quién tiene razón.
4. Evitar interrogatorios
Después de pasar tiempo con el otro progenitor, muchos niños sienten tensión cuando perciben que deben “dar explicaciones”. Interrogarles puede aumentar su sensación de estar en medio.
5. Mantener rutinas y estabilidad
Especialmente en niños pequeños, la previsibilidad ayuda mucho. Horarios claros, normas coherentes y estabilidad emocional reducen la sensación de inseguridad.
6. Cuidar lo que decimos… y también lo que transmitimos
Los niños captan mucho más que las palabras. Los silencios, las miradas, los gestos de desprecio o la tensión corporal también comunican.
A veces, en terapia, trabajamos precisamente eso: cómo aprender a sostener el malestar adulto sin transmitir continuamente al niño el conflicto que existe entre los progenitores.

Cuando pedir ayuda profesional puede ser importante
Hay situaciones en las que el conflicto se cronifica y empieza a afectar claramente al bienestar familiar. A veces los niños presentan rechazo intenso hacia uno de los progenitores, ansiedad en los cambios de custodia, bloqueos emocionales o dificultades para expresar lo que sienten.
En estos casos, el acompañamiento psicológico puede ayudar a:
- Proteger el espacio emocional del menor.
- Mejorar la comunicación familiar.
- Detectar dinámicas perjudiciales.
- Favorecer una relación más saludable entre progenitores e hijos.
- Ayudar a los adultos a gestionar emocionalmente la separación sin colocar a los niños en medio.
En Psicología Infanto-Juvenil Mallorca trabajamos acompañando a familias que atraviesan situaciones de conflicto, separación o dificultades en la coparentalidad. Desde nuestra experiencia clínica, sabemos que detrás de muchas conductas difíciles hay niños intentando adaptarse a situaciones emocionales complejas. Si sentís que vuestra familia está viviendo una dinámica complicada y necesitáis orientación profesional, estaremos encantadas de ayudaros a encontrar herramientas para cuidar el bienestar emocional de vuestros hijos.



